La unica y verdadera




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2001: Odissea
CAP 2. Vuelo Espacial




Floyd se instaló en su asiento, ajustó el cinturón de seguridad en torno a cintura y hombros, y sujetó su cartera de mano en el asiento adyacente. Momentos después se oyó en el altavoz una voz clara y suave.

–Buenos días –dijo la voz de miss Simmons–. Este es el Vuelo Especial 3, de Kennedy a la Estación Uno del Espacio.
Al parecer, estaba determinada a largar todo el rollo rutinario a su solitario pasajero, y Floyd no pudo resistir una sonrisa mientras ella continuaba inexorablemente:
–Nuestro tiempo de tránsito será de cincuenta y cinco minutos. La aceleración máxima alcanzará dos ge, y estaremos ingrávidos durante treinta minutos. No abandone por favor su asiento hasta que se encienda la señal de seguridad.
Floyd miró por encima de su hombro y dijo "Gracias", teniendo el vislumbre de una sonrisa un tanto embarazada pero encantadora.
Retrepose en su butaca y se relajó. Calculó que aquel viaje iba a costar a los contribuyentes un poco más de un millón de dólares. De no ser justificado, él perdería su puesto; pero siempre podría volver a la Universidad y a sus interrumpidos estudios sobre la formación de los planetas.
–Establecido el autoconteo –dijo la voz del capitán en el altavoz, con el suave sonsonete empleado en la cháchara del RT.
–Despegue en un minuto.

Como siempre se pareció más a una hora. Floyd se dio buena cuenta, entonces, de las gigantescas fuerzas latentes a su derredor, en espera de ser desatadas. En los tanques de combustible de los dos ingenios espaciales, y en el sistema de almacenaje de energía de la plataforma de lanzamiento, se hallaba encerrada la potencia de una bomba nuclear. Y todo ello sería empleado para trasladarle a él a unas simples doscientas millas de la Tierra.
No se produjo el antiguo conteo a la inversa de cuatro–tres–dos–uno, tan duro para el sistema nervioso humano.

–Lanzamiento en quince segundos. Se sentirá usted más cómodo si comienza a respirar profundamente.
Aquella era buena psicología y buena fisiología. Floyd se sintió bien saturado de oxígeno, y dispuesto a habérselas con cualquier cosa, cuando la plataforma de lanzamiento comenzó a expeler sus mil toneladas de carga útil sobre el Atlántico.
Resultaba difícil decir el momento en que se alzaron sobre la plataforma y se hicieron aerotransportados, pero cuando el rugido de los cohetes redobló de súbito su furia, y Floyd sintió que se hundía cada vez más profundamente en los cojines de su butaca, supo que habían entrado en acción los motores del primer cuerpo. Hubiese deseado mirar por la ventanilla, pero hasta el girar la cabeza resultaba un esfuerzo. Sin embargo, no había ninguna incomodidad; en realidad, la presión de la aceleración y el enorme tronar de los motores producía una extraordinaria euforia. Zumbándole los oídos y batiéndole la sangre en sus venas, Floyd se sintió más viviente de lo que había estado durante años. Era joven de nuevo, y sentía deseos de cantar en voz alta, lo cual podía muy bien hacer, pues nadie podría posiblemente oírle.
Había perdido casi el sentido del tiempo cuando disminuyeron bruscamente la presión y el ruido, y el altavoz de la cabina anunció:

–Preparado para separar el cuerpo inferior. Ya vamos.
Hubo una ligera sacudida; y de súbito Floyd recordó una cita de Leonardo da Vinci, que había visto en una ocasión en un despacho de la NASA:
La Gran Ave emprenderá su vuelo
en el lomo de la gran ave, dando
gloria al nido donde naciera.

Bien, La Gran Ave estaba volando ahora, más allá de los sueños de Leonardo, y su agotada compañera aleteaba de nuevo hacia la Tierra. En un arco de diez mil millas, el cuerpo inferior o primera etapa se deslizaría, penetrando en la atmósfera, trocando velocidad por distancia cuando se posara en Kennedy. Y en pocas horas, revisada y provista de nuevo combustible, estaría dispuesta de nuevo a elevar a otra compañera hacia el radiante silencio que ella no alcanzaría jamás.

Ahora vamos por nuestros propios medios, pensó Floyd, a más de medio camino de la órbita de aparcamiento. Al producirse de nuevo la aceleración, al dispararse los cohetes del cuerpo superior, el impulso fue mucho más suave; en realidad, no sintió más que gravedad normal. Pero le hubiese sido imposible andar, puesto que "arriba" estaba en derechura hacia el frente de la cabina. De haber sido lo bastante necio como para abandonar su asiento, se hubiera estrellado al punto contra el tabique trasero.

Aquel efecto resultaba un tanto desconcertante, pues parecía que la nave se alzaba sobre su cola. Para Floyd, que estaba enfrente mismo de la cabina, todas las butacas se le aparecían como sujetas a una pared que descendiese verticalmente debajo de él. Se estaba esforzando por despejar tan desagradable ilusión, cuando el alba estalló al exterior de la nave. ...........


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